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CUENTOS, HISTORIETAS Y FÁBULAS DEL SIGLO XVIII - MARQUES DE SADE


AGUDEZA GASCONA

Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gratificación de ciento cincuenta doblones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros

Señores, ¿cuál de vosotros pregunta con un acento que delataba su patria, quien, os lo ruego, es el señor Colbert?

Yo, señor -le responde el ministro. ¿En que puedo serviros?

Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una gratificación de ciento cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida.

- El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le ruega que se siente a la mesa con él.

- Con mucho gusto -contestó el gascón, excelente idea, pues no he cenado todavía.

Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiempo de prevenir al encargado mayor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera; el gascón sube.. pero no le entregan más que cien doblones.

- ¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario. ¿O no véis que mi orden dice ciento cincuenta?

- Señor -le contesta el escribiente, veo perfectamente vuestra orden, pero os descuento cincuenta doblones por la cena.

¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos!

Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.

- Perfectamente -replica el gascón- en eso caso, señor, guardároslo todo; mañana traeré a uno de mis amigos y estamos en paz.

La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, que regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona.

EL FINGIMIENTO FELIZ

(O LA FICCION AFORTUNADA)

Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal no llegar hasta el fin con un amante, pueden al menos permitirse, sin ofender a su esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más peligrosas que si su caída hubiera sido completa. Lo que le ocurrió a la marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.

Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas y que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El señor de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que justifique sus temores, pero si mucho más de lo que necesita para alimentar sus sospechas, coge una pistola y un vaso de limonada le irrumpe como un poseso en la habitación de su mujer...

- Señora, he sido traicionado - le ruge enfurecido -; leed este billete: él me lo aclara, ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.

La marquesa se defiende, jura a su marido que está ,equivocado, que puede ser, es verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen alguno.

- ¡Ya no me convenceréis, pérfida! - le contesta el marido furibundo, ¡ya no me convenceréis! Elegid rápidamente o al instante esta arma os privará de la luz del día.

La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo bebe.

- ¡Deteneos! le dice su esposo cuando ya ha bebido parte, no pereceréis sola; odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? -y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.

- ¡Oh, señor! -exclama la señora de Guissac. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y a mi madre.

Envían a buscar enseguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual.

Mientras tanto llega el confesor...

- En este atroz instante de mi vida -dice la marquesa- deseo, para consuelo de mis padres y para el honor de mi memoria hacer una confesión pública y empieza a acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.

El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de alegría.

¡Oh, mis queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que la he hecho pasar, tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.

La marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.

 

HAGASE COMO SE ORDENA

- Hija mía -dice la baronesa de Fréval a la mayor de sus hijas, que iba a casarse al día siguiente, sois hermosa como un ángel; apenas habéis cumplido vuestro decimotercer año y es imposible ser más tierna y más encantadora; parece como si el mismísimo amor se hubiera recreado en dibujar vuestras facciones, y sin embargo os veis obligada a convertiros mañana en esposa de un viejo picapleitos cuyas manías son de lo más sospechosas... Es un compromiso que me desagrada extraordinariamente, pero vuestro padre lo quiere. Yo deseaba hacer de vos una mujer de elevada posición, pero ya no es posible; estáis destinada a cargar toda vuestra vida con el ingrato título de presidenta... Lo que más me desespera es que no llegaréis a serlo más que a medias... El pudor me impide explicaros esto, hija mía..., pero es que esos viejos tunantes, que acostumbran a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a si mismos, tienen caprichos tan barrocos, habituados a una vida en el seno de la indolencia... Esos bribones se corrompen desde que nacen, se hunden en el libertinaje, y arrastrándose en el impuro fango de las leyes de Justiniano y de las obscenidades de la capital, como la culebra que no levanta la cabeza más que de cuando en cuando para devorar insectos, sólo se les ve salir de él a base de reprimendas o de alguna detención. Así, pues, escuchadme, hija mía, y manteneos erguida..., porque si inclináis la cabeza de esa forma complaceréis extraordinariamente al señor presidente, y no me extrañaría que os la pusiera a menudo mirando a la pared... En una palabra, hija mía, se trata de lo siguiente: negad rotundamente a vuestro marido lo primero que os proponga; estamos convencidos de que esa primera proposición será, sin la menor duda, de lo más indecente e intolerable... Conocemos sus gustos; hace ya cuarenta años que, llevado de convicciones totalmente ridículas, ese maldito pícaro afeminado tiene la costumbre de tomarlo todo única y exclusivamente por detrás. Así, pues, hija mía, vos os negaréis, ¿me oís?, y le contestaréis: «No, señor, por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.»

Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita De Fréval; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el presidente, con el pelo ensortijado como un querubín, empolvado hasta los hombros, gangoso, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenía cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en los ojos del leguleyo se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento... la desnuda, se acuestan y por una vez en su vida, el presidente, bien por tomarse un poco más de tiempo para educar a su discípula o bien por temor a los sarcasmos que podrían ser fruto de las indiscreciones de su mujer, no piensa más que en cosechar placeres legítimos. Pero la señorita De Fréval ha sido bien educada. La señorita De Fréval, que se acuerda de que su mamá le ha aconsejado que rechazara con toda firmeza las primeras proposiciones que le fueran a hacer, no desperdicia la ocasión y le dice al presidente:

- No, señor por mucho que queráis no ha de ser así; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.

- Señora -contesta el presidente estupefacto, debo protestar... estoy haciendo un esfuerzo... en realidad es una virtud.

- No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.

- Muy bien, señora, hay que teneros contenta -responde el picapleitos, tomando posesión de su enclave predilecto. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra noche de bodas, pero tened cuidado, señora, pues en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.

- Me parece muy bien, señor -contesta la joven, buscando la postura, no temáis que no os lo he de pedir.

- Entonces, ya que así lo queréis, adelante -contesta el hombre de bien, mientras se acomoda. En nombre de Ganímedes y de Sócrates, hágase como se ordena!

 

EL PRECEPTOR FILOSOFO

De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un muchacho la comprensión de la misteriosa materia.

Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet, preceptor del condesito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el rostro más hermoso que fuera posible contemplar.

- Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor, de verdad que la consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente imposible concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme ese misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.

El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar las dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a su joven discípulo.

Y bien -le pregunta, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos personas se conviertan en una sola?

Oh, Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno; ahora lo entiendo todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio constituya, según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.

Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra lección, pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien y que no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que ya lo había hecho. El complaciente clérigo, a quien esta escena divertía probablemente tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección vuelve a empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el delicioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la explicación de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.

Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al condesito por la cintura, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exacto de esta forma -prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste ofrece a la muchacha.

¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho. Y además esta ceremonia me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?

¡Oh diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer. ¿Pero no ves, amigo mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío… Hoy te estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la Sorbona.

 

LA MOJIGATA O EL ENCUENTRO INESPERADO

El señor de Sernenval, de unos cuarenta años de edad con doce o quince mil libras de renta que gastaba tranquilamente en París, sin ejercer ya la carrera de comercio que antaño había estudiado y satisfecho con toda distinción con el titulo honorífico de burgués París con miras a conseguir un cargo de regidor, había contraído matrimonio pocos años antes con la hija de uno de sus antiguos colegas, la cual tenía por aquel entonces alrededor de veinticuatro años. Ninguna otra tan fresca, lozana y entrada en carnes como la señora de Sernenval: no estaba formada como las Gracias, pero resultaba tan apetecible como la mismísima madre del amor; no tenía el porte de una reina, pero exhalaba en conjunto tanta voluptuosidad, con unos ojos tan dulces y tan lánguidos, una boca tan hermosa, unos senos tan firmes, tan bien torneados y todo lo demás tan a propósito para despertar el deseo, que había muy pocas mujeres hermosas en París a las que no se la hubiera preferido. Pero la señora~ de Sernenval, dotada de tantos atractivos, adolecía de un defecto capital en su espíritu... una mojigatería insoportable, una devoción crispante y un tipo de pudor tan ridículo y tan excesivo que a su marido le era imposible convencerla para que se dejara ver cuando estaba en compañía de sus amistades. Llevando su santurronería al extremo, era muy raro que la señora de Sernenval accediera a pasar con su marido una noche completa e incluso en ocasiones en que se dignaba a concedérsela, lo hacía siempre con las mayores reservas y con un camisón que no se quitaba jamás. Un dispositivo artísticamente trabajado en el pórtico del templo del himeneo sólo permitía la entrada con la expresa condición de que no hubiera ningún contacto deshonesto ni la menor relación carnal; la señora de Sernenval hubiera montado en cólera si hubiese intentado franquear las barreras que su modestia fijaba y si su marido hubiera tratado de hacerlo habría corrido de seguro el peligro de no recobrar jamás el favor de esta sensata y virtuosa mujer. El señor de Sernenval se reía de todas estas mojigangas, pero como adoraba a su mujer tenía a bien respetar sus limitaciones; a pesar de ello, a veces trataba de sermonearla y le demostraba con toda claridad que no es pasándose la vida en las iglesias o en compañía de los curas como una mujer honesta cumple realmente con sus deberes, que primero están los de la casa, necesariamente desatendidos por una devota, y que haría más honor a los designios del Eterno viviendo en el mundo de una manera honrada que yendo a enterrarse en los claustros y que corría mucho más peligro con los «sementales de María» que con esos leales amigos, cuyo trato ridículamente evitaba.

- Tengo que conoceros y amaros tanto como lo hago -añadía a lo anterior el señor de Sernenva- para no estar seriamente preocupado por vos durante todas esas prácticas religiosas. ¿Quién me asegura que en ocasiones no os abandonáis más bien sobre el blando lecho de los levíticos que al pie de los altares de Dios? No hay nada tan peligroso como esos bribones de curas; hablándoles de Dios es como seducen siempre a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y siempre es en su nombre en el que nos deshonran o nos engañan. Creedme, querida amiga, uno puede ser honesto en cualquier sitio; no es ni en la celda del bonzo ni en el nicho del ídolo donde la virtud erige su templo, sino en el corazón de una mujer prudente y las honestas amistades que os ofrezco nada tienen que no se avenga al culto que le profesáis... En el mundo pasáis por una de sus más fieles sacerdotisas: yo también lo creo, pero, ¿qué pruebas tengo de que merezcáis realmente esa reputación? Mucho más lo creería si os viera hacer frente a alevosos ataques; la virtud de aquella esposa que no corre nunca el riesgo de ser seducida no es la que sale mejor parada, sino la de esa otra que tan segura se siente de sí misma que, sin temor alguno, se expone a cualquier cosa.

La señora de Sernenval nada respondía a todo esto, pues evidentemente la argumentación no admitía réplica alguna, pero se ponía a llorar, recurso común a las mujeres débiles, seducidas o falsas, y su marido no se atrevía a seguir adelante con la. lección.

Así estaban las cosas cuando un antiguo amigo de Sernenval, un tal Desportes, llegó desde Nancy para verle y para resolver al mismo tiempo ciertos negocios que tenía en la capital. Desportes era un vividor, de la edad de su amigo poco más o menos, y no menospreciaba ninguno de los placeres que la naturaleza bienhechora concede al hombre para que olvide las desdichas con que le abruma; no pone la menor objeción a la oferta que le hace Sernenval para alojarse en su casa, se alegra de verle, y al mismo tiempo se extraña de la severidad de su mujer, quien, desde el momento que sabe la presencia de este extraño en la casa, se niega a dejarse ver en absoluto y ni siquiera baja a las comidas. Desportes cree que está molestando y quiere buscar alojamiento fuera, pero Sernenval se lo prohíbe y le confiesa al fin las ridiculeces de su tierna esposa.

Perdonémosla -le decía el crédulo marido, ella compensa esos defectos con tan innumerables virtudes que ha conseguido mi indulgencia, y me atrevo a pedir también la tuya.

- Encantado -contesta Desportes, puesto que no hay nada personal contra mí, todo se lo tolero y los defectos de la esposa de aquel a quien estimo nunca han de ser a mis ojos sino respetables virtudes.

Sernenval abraza a su amigo y ya no se ocupan más que de placeres.

Si la estupidez de dos o tres cernícalos que desde hace cincuenta años dirigen en París el gremio de las mujeres públicas, y en particular la de un pícaro español que ganaba cien mil escudos al año en el reinado anterior con el tipo de inquisición de que vamos a hablar, si el zafio rigorismo de esas gentes, no hubiera concebido la ridícula idea de que obligar a esas criaturas a rendir una cuenta minuciosa de aquella parte de su cuerpo que más solaza al individuo que las corteja, constituye una de las mejores maneras de gobernar el Estado, uno de los resortes más seguros del gobierno y, en fin, uno de los pilares de la virtud, o de que entre un hombre que admira unos pechos, por poner un ejemplo, y aquel otro que contempla la curva de una cadera, existe sin lugar a dudas la misma diferencia que entre un hombre honrado y un bribón, y que el que cae dentro de uno u otro de estos apartados -depende de la moda- tiene que ser por necesidad el peor enemigo del Estado, sin todas estas zafias vulgaridades, repito, no hay duda de que dos laudables burgueses, el uno con una esposa timorata y soltero el otro, podrían ir a pasar una o dos horas, con toda legitimidad, a casa de una de esas damiselas, pero con estas absurdas infamias congelan el deseo de los ciudadanos, a Sernenval ni se le pasó por la cabeza hacer a Desportes la menor sugerencia sobre esta clase de disipación. Este, dándose cuenta de ello y sin sospechar los motivos, preguntó a su amigo por qué le había propuesto todos los placeres de la capital y ni tan siquiera le habla hablado de éstos. Sernenval echa la culpa a la impertinente inquisición, pero Desportes se ríe de ella y declara a su amigo que a pesar de las listas de los alcahuetes, los informes de los comisarios, las declaraciones de los alguaciles y todas las demás modalidades de picaresca establecidas por el patrón sobre este sector de los placeres del pueblerino de Lutecia, que, por encima de todo, quiere ir a cenar con unas rameras.

- Escucha -le contesta Sernenval, me parece muy bien, incluso te serviré de introductor como prueba de mi filosófica manera de pensar sobre esta materia, pero por una delicadeza, que espero no vayas a censurar, por los sentimientos que al fin y al cabo debo a mi mujer, y que no puedo traicionar, me permitirás que no participe en tus placeres, yo te los procuraré, pero no pasaré de ahí.

Desportes se burla un poco de su amigo, pero viéndole decidido a no dar su brazo a torcer, lo acepta y salen.

La célebre S... fue la sacerdotisa del templo en el que se le ocurrió a Sernenval inmolar a su amigo.

- Lo que necesitamos es una mujer de confianza -dice Sernenval, una mujer honrada; este amigo para el que solicito vuestros cuidados, va a quedarse muy poco tiempo en París, y no le gustaría tener que dar malas referencias en su provincia y que vos perdierais allí vuestra reputación; decidnos con franqueza si tenéis eso que le hace falta y que bien sabéis que ha de hacerle disfrutar.

Escuchad -contestó la S. J.- me doy perfecta cuenta de a quién tengo el honor de dirigirme, no suelo engañar a gente como vos, voy a hablaros, pues, como mujer franca y mis actos os demostrarán que en efecto lo soy. Tengo lo que buscáis, sólo falta fijarle precio, es una mujer adorable, una criatura que os ha de cautivar tan pronto como la oigáis... En fin, lo que nosotras llamamos un bocado de monje, y bien sabéis que esa clase de gente son mis mejores clientes que no les doy lo peor que tengo… Hace tres días el señor obispo de M. me dio por ella veinte luises, el arzobispo de R. R. pagó cincuenta ayer y esta misma mañana me ha proporcionado otros treinta del coadjutor de... Os la ofrezco por diez, señores, y, para seros sincera, esto por merecer el honor de vuestra estima, pero hay que ser puntuales en el día y la hora, pues está sujeta a su marido, un marido tan celoso que no tiene ojos más que para ella; como sólo dispone de los ratos en que consigue zafarse, no hay que retrasarse ni un minuto en la hora que señalemos...

Desportes regateó un poco; ninguna ramera cobró en su vida diez luises en toda la Lorena, pero cuanto mas insistía, más se le elogiaba la mercancía; por fin aceptó, y el día siguiente, a las diez en punto de la mañana, fue la hora escogida por la cita. Sernenval no deseaba tomar parte en esta aventura, ya que no era tan sólo ir a cenar, y por eso habían elegido esa hora para Desportes, prefiriendo despachar temprano el asunto para poder consagrar el resto del día a deberes más importantes que cumplir. Llega la hora, nuestros dos amigos se presentan en casa de su encantadora alcahueta, un gabinete iluminado únicamente por una luz tenue y voluptuosa alberga a la diosa a la que Desportes va a ofrecer su sacrificio.

- Dichoso hijo del amor - le dice Sernenval, empujándole hacia el santuario, corre a los voluptuosos brazos que hacia ti se tienden, y sólo después ven a darme cuenta de tu placer; yo me alegraré de tu felicidad y como no he de sentirme celoso ni por asomo, mi alegría será, por tanto, mucho más pura.

Nuestro catecúmeno entra, tres horas enteras apenas son suficientes para su homenaje; por fin sale y asegura a su amigo que no había visto en toda su vida nada parecido y que ni la mismísima madre del amor le habría hecho gozar de aquel modo.

- ¿Con que es deliciosa? -pregunta Sernenval medio inflamado ya.

- ¿Deliciosa? Ah, no podría encontrar ninguna expresión que pudiera darte una idea de cómo es, e incluso en ese preciso momento en que toda ilusión es aniquilada, sé que ningún pincel podría pintar el torrente de placer en que me ha sumergido. A los encantos que ha recibido de la naturaleza, une un arte tan sensual para hacerlos valer, sabe añadir un punto, una atracción tan auténtica, que aún sigo sintiéndome como ebrio... Oh, amigo mío, pruébalo, te lo suplico, por muy acostumbrado que puedes estar a las bellezas de París, estoy seguro de que me reconocerás que ninguna otra vale en tu opinión lo que ésta.

Sernenval sigue firme, pero, no obstante, llevado de cierta curiosidad, ruega a la S. J. que haga pasar a la joven por delante de él cuando salga del gabinete... Le dice que muy bien; los dos amigos se quedan de pie para poder verla mejor, y la princesa pasa llena de altivez...

¡Santo cielo, cómo se queda Sernenval cuando reconoce a su mujer! Es ella... Es esa puritana que no se atreve a bajar por pudor delante de un amigo de su esposo y que tiene la osadía de ir a prostituirse a una casa como aquella.

¡Miserable! -exclama enfurecido.

Pero en vano intenta lanzarse sobre la pérfida criatura, ella le había visto en el mismo instante en que la habían reconocido y ya estaba lejos del establecimiento. Sernenval, en un estado difícil de describir, decide desahogarse con S. J.; ésta se excusa por su ignorancia, y asegura a Sernenval que hacia más de diez años, es decir, mucho antes de la boda del infortunado, que esa joven venía acudiendo a su casa.

- ¡Esa maldita! -exclama el desventurado esposo, al que su amigo trata en vano de consolar. Pero no, es mejor así, desprecio es todo cuanto le debo, que el mío la cubra para siempre y que con está prueba cruel aprenda que nunca se debe juzgar a las mujeres, dejándose guiar por su hipócrita máscara.

Sernenval volvió a su casa, pero no encontró ya a su ramera, ella había hecho su elección, él no se preocupó; su amigo, no deseando imponer su presencia después de lo ocurrido, se despidió al día siguiente, y el infortunado Sernenval, solo, desgarrado por el odio y por el dolor, redactó un «inquarto» contra las esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las mujeres y que los hombres no leyeron jamás.

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